© 2016 por Pamela Díaz Rivera

Enséñame

Capítulo 1

—¡Ah! Parece que llegó la última invitada —advirtió Damián con una sonrisa que nadie se la podía borrar de la cara, ni siquiera esas ansias y el nerviosismo por casarse en los próximos minutos.
—¿La petiza que está abrazando a Haidée? —preguntó Edmundo, echándole el ojo a la recién llegada. Bonita, con cierta aura de inocencia y una mirada pícara.
—La misma —corroboró Damián, mirando embobado a su futura esposa; no tenía ojos para nadie más.
Edmundo no quiso seguir el ejemplo de su hermano, y como acto reflejo, dejó de prestarle atención a la amiga de Haidée y, de pronto, se quedó ensimismado mirando todo a su alrededor, se sentía extraño y a la vez a gusto en medio de esa celebración. Todos los invitados venían en pareja. Era una situación un poco absurda, pero tal parecía que él y la recién llegada eran los únicos solteros en esa estancia.
—Ya llegó papá con el oficial civil. Deséame suerte, hermano, voy a buscar a mi futura esposa —anunció Damián con una sonrisa radiante.
—Suerte, hermano. Sé que serás feliz.
—Ya lo soy.
Edmundo observó con atención a Damián que fue al encuentro de su novia e interrumpió la conversación que sostenía con su amiga, la misma que, en ese instante, lo miró de reojo sin ningún disimulo. Edmundo no podía escuchar nada del intercambio, pero sí era visible que la amiga de Haidée estaba amenazando a su hermano de muerte si metía la pata —o algo por el estilo—. La actitud de esa mujer a él le divertía pues, en realidad, no representaba ningún tipo de amenaza ese metro cincuenta de estatura al lado del casi metro ochenta de Damián.
A Edmundo más bien le provocó risa, que no se molestó en ahogar.
—¡Más te vale! —Escuchó que la mujer advertía a su hermano,  en un vano intento de tener la última palabra.
Edmundo levantó sus cejas, sorprendido, esa voz la había escuchado antes… Pero dónde… ¡¿Dónde?!
Maldición.
Una de las características más marcadas de Edmundo era la curiosidad, pero él la consideraba casi un defecto, pues si no la saciaba al instante, empezaba a rayar la obsesión en su afán por satisfacerla.
Y la obsesión era otro defecto que Edmundo intentaba evitar.
Detestaba entrar en el estado de la obsesión, porque no descansaba hasta que alcanzaba su objetivo, no importaba lo que fuera, podía tratarse de algo banal, como completar un crucigrama, hasta algo trascendental, como lo fueron sus estudios. Fue capaz de cursar todos sus semestres con notas sobresalientes, anuló su vida social, su vida sentimental y casi su vida familiar por lograr lo que se había propuesto.
Su objetivo era no fallar.
Y no falló.
Edmundo sabía muy bien que esa voz la había escuchado antes… Varias veces, de hecho, pero a su memoria no acudía un recuerdo tangible que le revelara donde, y así, poder evitar preguntarle directamente a esa mujer.
La ceremonia civil de matrimonio empezó, y Edmundo concentró toda su atención en su hermano y su cuñada. La relación de ellos le parecía algo increíble, ellos no se conocían por más de tres meses, y ya se estaban casando de manera sencilla en la intimidad de su propio hogar. Tener noviazgos cortos y matrimonios largos era algo que caracterizaba a los Cortés, cosa que él no creía en lo absoluto. Según su padre, don Agustín, desde tiempos inmemoriales todos los hombres de su familia solían pasar del cortejo al matrimonio en cuestión de días. Su tatarabuelo, don Justino Cortés, en tan solo una semana ya tenía una alianza en su dedo anular y su matrimonio duró cuarenta felices y largos años.
Edmundo era un hombre escéptico en muchos sentidos, sobre todo en aquellos donde se involucraba el corazón. Tal vez en eso influenció su madre, que lo crio sola. Ella nunca se buscó una pareja y tampoco quiso revelarle quien era su padre. Eso solo lo hizo un mes antes de fallecer, con la condición de que no lo buscara mientras ella viviera. Edmundo supuso que ella le pidió eso para no dar explicaciones y no volver a contar historias dolorosas, y así ahorrarse las recriminaciones por los malos entendidos del pasado, pues su madre, de haber actuado antes, habría cambiado el rumbo de muchos destinos. 
En fin, Edmundo no creía que fueran con él ese tipo de «tradiciones» relacionadas con historias de amor fulminantes. Su justificación era que, como no supo quiénes eran su familia paterna hasta solo hace un par de meses, no tenía por qué ser salpicado por todo ese misticismo sentimental. 
Edmundo paseó su mirada por todos los invitados para convencerse de que él era el único soltero junto con la petiza de cabello castaño claro, que casi era rubio oscuro y le hacía destacar entre la gente. 
Y sí, definitivamente, eran los únicos solteros casaderos y mayores de edad.
No contaba en esa categoría su papá viudo, ya que estaba siempre al lado de su «amiga» Mercedes, que también era viuda y madre de Haidée. Según ellos, solo eran amigos, pero Edmundo no creía eso posible, estaba totalmente convencido de que la amistad entre un hombre y una mujer no existe.
No, bajo ningún punto de vista. Ese tipo de relaciones siempre acaban mal, así que solo contaba con la amistad de unos pocos amigos, y ahora, la de su hermano.
No necesitaba la amistad de una mujer. Él necesitaba otras cosas de una, y no era precisamente su amistad.
Sí. Edmundo incluso era escéptico cuando se trataba de amor, pero él sabía que el problema era él. Edmundo sonrió para sus adentros cuando pensó en ello. Cada vez que daba por terminada una relación decía eso. Era la verdad, la más pura verdad, pero esa excusa estaba tan manoseada por sus congéneres que siempre se ganaba una bofetada o un rosario de improperios digno de un académico de la lengua española.
Para desgracia de Edmundo, la mayoría de las mujeres ya no creen en «no eres tú, soy yo» como un argumento plausible para finalizar una relación. 
Pero era la verdad, era él el del problema.
Sus relaciones siempre terminaban cuando se llegaba a la instancia de tener sexo con sus parejas, inevitablemente, al traspasar ese punto, moría lentamente su interés por su compañera al cabo de un par de meses. Había algo que fallaba, algo que faltaba, algo que no lo llenaba, algo que no le hacía anhelar con locura hacer el amor con su pareja. A estas alturas de su vida, estaba pensando que era un caso perdido. Nunca, en sus treinta años de existencia, había vivido ese período de calentura que todos los seres humanos experimentan cuando empiezan a tener sexo.
Incluso, pensó que a lo mejor lo suyo no eran las mujeres. Pero pronto se dio cuenta de que los hombres no le movían un pelo. Así que llegó a la conclusión de que le encantaban las mujeres, pero había algo en él que todavía no descubría y que no le permitía tener una relación duradera.
Solo esperaba que eso se develara algún día, porque a pesar que disfrutaba de su soledad, no le gustaba la idea de morir solo y, aunque él no quisiera admitirlo, le daba miedo la posibilidad de no poder ser capaz de amar a nadie. Su madre murió sola, solo estaba él a su lado, y para Edmundo eso fue desolador, no había nadie que la hubiera amado profundamente, solo él y su amor filial. Y su madre era una mujer digna de amar, pero ella nunca se lo permitió a sí misma. Su vida fue para su hijo.
Negó con su cabeza para deshacerse de sus recuerdos y pensamientos, y se dio cuenta que de nuevo esa mujer lo estaba mirando. Ya eran dos veces que la sorprendía in fraganti. Él no era tonto, tal vez ella sí lo conocía o lo reconocía de alguna parte… En una de esas, a lo mejor ella tenía la misma duda que él.
También estaba la posibilidad de que esa mujer estaba interesada en él. Pues ese día no estaba de humor para coquetear con nadie, tanto amor por todas partes le estaba haciendo escupir arcoíris por todos los agujeros de su cuerpo.
Tenía que huir.
Pronto, o moriría de un coma diabético.
—Felicitaciones a la nueva pareja y familia, un aplauso. —El oficial civil concluyó la ceremonia, sacando a Edmundo de su repentino ataque de desesperación y, distraído, aplaudió junto con los demás invitados.
Inspiró hondo, debía aguantar todo el resto de la celebración. Se encaminó hacia su hermano y su —ahora legalmente— cuñada para felicitarlos. De verdad, estaba contento por ellos, se notaba que su amor era profundo, a pesar de que tenían una relación de poco tiempo. Ver el amor expresado de esa manera, a veces, le provocaba unas punzadas de envidia, porque no creía que alguna vez le pasaría algo así.
—Felicidades, Damián —deseó Edmundo de corazón a su hermano, dándole un abrazo apretado.
—Gracias, Edmundo —respondió con sonoras palmadas en la espalda—. Ahora faltas tú —bromeó Damián, que bien sabía cómo era su hermano. Desde que se conocieron, entablaron una relación entrañable en la que conversaban mucho por cualquier medio. Estaban recuperando el tiempo perdido, y ya era casi como si se conocieran de siempre y se hubieran criado juntos.
—Ah, no. A mí no me metan en sus cosas raras —protestó Edmundo casi como si le hubieran puesto una maldición—. Soy un Cortés recién llegado, no estoy contaminado con sus historias romanticonas.
—Todo va en la sangre, Edmundito. No te puedes zafar del ADN —contraatacó guasón.
—Ridículo. Mejor me voy a saludar a mi pobre, pobre cuñada. Quizás qué cosas aguanta de ti.
—No tienes idea de qué cosas aguanta de mí. Por eso me casé, me saqué la lotería con ella —replicó de muy buen humor Damián, separándose del abrazo fraternal.
Edmundo se dirigió a felicitar a su cuñada, a quien todavía no la soltaba su amiga, la petiza castaña casi rubia, que lo volvía a mirar de reojo cuando abrazó por enésima vez a Haidée.
—Te dejo, amiga. Estoy monopolizando los abrazos —anunció la mujer al ver que Edmundo estaba ya casi encima de ellas. El hombre se veía mucho más grande ahora que lo tenía a un metro de distancia.
—Gracias por venir, Camila. Siempre estás en los momentos importantes —agradeció Haidée con una amplia sonrisa y luego dirigió su mirada hacia el hermano de su marido—. ¡Edmundo! ¡Ahora sí somos cuñados! —Se separó finalmente de su amiga y le dio un cálido abrazo a Edmundo que la cubría casi por completo.
—Felicidades, cuñadita. Les deseo lo mejor.
—Gracias, cuñadito. —Suspiró profundo—. Ahora solo faltas tú.
—Ah, no. ¿Tú también?
Haidée estalló en carcajadas al escuchar la airada respuesta de Edmundo que fruncía el ceño y estaba a punto de perder la paciencia.
—Solo son bromitas, Ed. No puedo evitarlo, cuando suben a alguien al columpio, no me resisto en seguir dando vuelo.
—Eres terrible, por eso se queja tanto Damián sobre tus bromas en el trabajo.
—Si supieras, tengo otras peores.
Se separaron del abrazo y Edmundo prácticamente huyó al patio, donde se estaba realizando el cóctel de celebración. Todos conversaban, reían y degustaban de los bocadillos y el champán.
Y ahí estaba de nuevo la amiga de su cuñada mirándolo de reojo. Camila. Definitivamente ya había escuchado su voz con anterioridad, y ahora estaba sola. Edmundo decidió que no iba a seguir más con la duda, quería a averiguar a toda costa de dónde la conocía.
Enfiló sus pasos hacia la mujer de manera firme y segura, y se plantó en frente de ella, quien lo miró un tanto sorprendida al tenerlo tan cerca.
—Hola, ¿Camila?, si no escuché mal tu nombre —la saludó un tanto nervioso por la situación en la cual se estaba metiendo sin que nadie le obligara.
—Ah, hola. Sí, ese es mi nombre, no me lo gastes —le confirmó con una radiante sonrisa—. ¿Y tú eres…? —interrogó a sabiendas quien era él. Haidée le había dado todos los antecedentes relevantes de aquel hombre.
—Edmundo Cortés, hermano del flamante esposo de tu amiga —respondió de buen humor. Esa mujer no ocultaba su interés, lo miraba fijo, de pies a cabeza. A juicio de Edmundo, Camila era una coqueta consumada, y a él que le encantaba bajarle los humos a las coquetas siendo más seductor. Cambió de opinión de no flirtear al ver que tenía grandes posibilidades de tener una conversación divertida—. Mucho gusto. —Extendió su mano a modo de saludo, y ella, al rozar los dedos de él, sintió un golpe eléctrico.
Literal, estaban cargados de estática.
—¡Auch! —exclamaron al mismo tiempo, retirando sus dedos con brusquedad, y rieron.
—Y yo que pensaba que la famosa corriente eléctrica que sientes cuando conoces al macho recio alfa de tu vida, era una invención de las novelas románticas —ironizó Camila, riendo—. Ahora viene la parte en la que me miras fijo y yo me veo en tus pupilas y ¡puf! ¡Amor instantáneo y eterno! Deme diez para llevar envuelto en papel de regalo, por favor.
Sin duda, Edmundo iba a pasar un rato muy divertido, aquella mujer era una cínica redomada… Al igual que él.
—No me digas que eres una fanática de novelas románticas y que adoran al millonario con problemas emocionales —indagó ya más relajado, dispuesto a jugar y tal vez a coquetear un poco. Después de todo, que no sintiera que el amor eterno fuera para él, no significaba que lo iba a pasar mal en esta vida.
—Me encantan, aunque a mí me gustan más las historias donde el protagonista no esté podrido en plata. No puedo negarte que es mi  gran placer culpable —admitió sin rastro de culpa real—. El amor triunfa, con su cuota de sexo desenfrenado con el hombre perfecto y el final feliz… Como éste… —Con su mano derecha hizo un gesto como si estuviera mostrándole el lugar, y luego saludó con sus dedos a los novios, quienes la miraron de manera inquisitiva por estar al lado de Edmundo, y todos arquearon sus cejas al mismo tiempo.
—Indiscutiblemente, los cuentos de hadas y Disney le han hecho un flaco favor a las mujeres y a sus expectativas respecto a los hombres.
—Así es, pero llega un momento en que uno se da cuenta de que los príncipes azules no existen, ni los finales felices —reconoció Camila con cierta amargura en sus palabras—. Ver que algunas personas pueden lograrlo de verdad, es solo la excepción que confirma la regla. 
—Tienes toda la razón… —concordó. Ambos pensaban parecido, así que Edmundo se sintió con la libertad de poder saciar su curiosidad sin que ella lo interpretara mal—. Perdón, pero ¿nos conocemos de alguna parte?
—Ay no, por favor, no me hagas esa pregunta tan repetida, y ya pensaba que eras mi príncipe azul —bromeó risueña y coqueta. Aunque debía reconocer que aquel hombre se acercaba mucho al cómo debería ser el aspecto de un príncipe azul; alto, buena facha, intensos ojos castaños, cabello oscuro y un poco rizado, educado, voz profunda, y con facciones muy masculinas, lo que le otorgaba un atractivo adicional. 
Desde que lo vio no pudo evitar mirarlo, ya que no todos los días se encontraba con un hombre que fuera tan guapo —por lo menos lo que ella consideraba guapo—. Así que se permitió ser abierta y flirtear más de lo habitual, total, solo lo iba a ver una vez en su vida. 
—Vamos, inténtalo de nuevo y no me hagas preguntas de seductor de segunda —desafió con un tono de voz que era bastante sugerente.
—No, sí es verdad… —«Diablos, lo malinterpretó mal de todos modos», pensó él. Pero ella se lo tomó con un humor muy negro y eso le gustó—. Creo que te conozco de alguna parte, tu voz me es familiar… 
—Pues no sé, es la primera vez que te veo en mi vida. Créeme, te recordaría —respondió Camila con naturalidad. «Y vaya que sí te recordaría, si eres un bombón relleno de manjar», pensó un tanto libidinosa—. A lo mejor, mi voz suena parecido a alguien que conoces.
—Puede ser, qué raro. —Se encogió de hombros—. Ahora que lo pienso es posible.
—Todo es posible en este mundo… Menos las historias del tipo novela romántica —sentenció, guiñando un ojo.
—Mmmmmm, creo que te haces la amarga nomás —conjeturó Edmundo, sonriendo de medio lado y alzando una ceja. De pronto, le dieron ganas de demostrarle de una manera más contundente que ella no era la persona que estaba intentando aparentar.
Camila abrió la boca intentando hacer un gesto airado, y estaba lista para replicar algo desenfadado pero…
—¡Hey, hijo! —Agustín, el padre de Edmundo, lo llamó interrumpiendo el momento, para fortuna de Camila, que en realidad no tenía con qué contraatacar los dichos de Edmundo, porque en el fondo había atinado medio a medio con su aseveración—. ¡Ven un poco para acá!
—Si me disculpas… El deber me llama. —Edmundo se excusó e hizo un gesto que indicaba que no tenía alternativa. Lo estaba empezando a pasar muy bien conversando con Camila.
—Dale, fue un gusto —manifestó un poco descolocada. Era raro que un hombre le dijera las cosas de un modo tan directo, como su amiga Haidée… A decir verdad, no era raro, era la primera vez que le pasaba.
—Lo mismo digo. —Edmundo sin saber si había ganado o no el intercambio verbal, se dio media vuelta y fue al encuentro con su padre, pensando en retomar la contienda con aquella mujer que ya le caía muy bien. 
Coqueta y directa, sin filtro, como sus amigos —exceptuando la parte de coqueta, claro está—. Sí, le caía muy bien, como si fuera una de sus secuaces de la vida —que ya estaban todos casados y con suerte los veía una vez al año—, y era algo extraño. Para él, a las mujeres no las tenía en el apartado de «caer bien», como si fuera una amiga.
Quiso averiguar si le caía mejor. Una hora después, cuando se desocupó, la buscó con la mirada entre los asistentes, pero no la halló. Luego revisó con disimulo cada habitación de la casa, hasta que llegó al dormitorio matrimonial de su hermano. Abrió la puerta despacio, como si fuera una especie de espía secreto —y sin pensar en alguna excusa razonable por si alguien lo encontraba ahí—, y entró.
Nadie.
Sin embargo, algo le llamó la atención. Sobre el velador había un libro con una cubierta muy sugerente. No pudo evitar la curiosidad y lo tomó. Leyó el título y abrió los ojos con sorpresa.

«BDSM, introducción a las técnicas y su significado»

—¿Pero qué mierda es esto? —susurró un pasmado Edmundo—. ¿Este par son sadomasoquistas?
Hojeó a la rápida el libro y había varias páginas marcadas.
—«Tortura erótica»… Mmmmm… «Enséñame, cómo te gusta»… «Dominación»… «Bondage»… —Edmundo levantó las cejas con una sensación extraña. Nunca había visto material «serio» respecto al tema. Se detuvo a leer en detalle los textos marcados con creciente expectación, y cada vez levantaba más las cejas—. Interesante… me pregunto si… —Miró en dirección a la cama. Nada sospechoso, pero algo capturó su atención. Observó con detenimiento y notó que se trataba de una cuerda que estaba atada al cabecero, pero que estaba escondida por detrás, casi parecía un elemento decorativo. Edmundo levantó más las cejas y no quiso imaginar ni a su cuñada atada, ni a su hermano haciéndole quizás qué cosas—. Ahora entiendo… Creo que no lo pasan nada mal, con razón se casaron. Son el uno para el otro.
Dejó el libro donde lo encontró y salió con sigilo de la habitación con una sensación de que debía saciar nuevamente su curiosidad.
Y a propósito de curiosidad, a Camila no la encontró. Se había ido.

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